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Como
escultores de una estatua compleja que vamos tallando mientras vivimos. Así
nos presentó Costa en una conferencia de divulgación organizada por la
Dirección de Promoción de Cultura Científica de Barcelona y que tomó por
título Los misterios de la mente. Este psicobiólogo colabora
activamente en trabajos multicéntricos de investigación acerca de la
naturaleza del comportamiento y del aprendizaje. En sus últimos estudios
indaga sobre los beneficios de la actividad física en la estimulación del
área prefrontal del cerebro.
Usted
compara la aventura del conocimiento y la memoria a la de abrir nuevas rutas
y trazar mapas mentales de nuestro recorrido.
Todavía sabemos poco acerca de los mecanismos endógenos que modulan el
almacenamiento de la información en el cerebro humano. Creemos, sin
embargo, que algunos sistemas hormonales que se activan en respuesta a una
determinada experiencia podrían estar implicados en la consolidación de la
memoria de esa misma experiencia.
¿En
qué se fundamenta esta creencia?
Nuestro grupo ha investigado la
relación entre la adrenalina y la consolidación de la memoria. La hipótesis
de trabajo no es otra que asumir que la liberación de esta hormona tras la
experiencia recordada podría formar parte de un sistema endógeno de
modulación de la memoria. Este sistema, además de modificar la fuerza del
recuerdo, podría ser también un mecanismo a través del cual diversos
tratamientos podrían actuar para modular la función cognitiva.
La
actividad cerebral tiene un peso importantísimo en la biología del
comportamiento?
Un kilo y medio.
¿Cómo?
El cerebro humano está compuesto de
unos cien mil millones de células, lo que supone un peso aproximado de mil
quinientos gramos. Suele constituir el 2% del peso corporal y no pesa
siempre lo mismo; al llegar a la vejez perdemos unos cien gramos.
Y
no sólo cambia el peso, sino la masa.
Así es. Sabemos que el cerebro se modifica constantemente por la propia
actividad existencial. Es cierto que el continente de este órgano viene
programado genéticamente, pero el contenido se hace al andar. A lo
largo de la vida nos convertimos en creadores de nuestro propio cerebro. El
fenómeno de la plasticidad demuestra que la experiencia deja una huella en
la red neuronal, capaz de modificar la transferencia de información a través
de todo el sistema. Lo adquirido por medio de la experiencia deja una huella
que transforma lo anterior. De este modo, la experiencia modifica
constantemente las conexiones entre las neuronas y los cambios son tanto de
orden estructural como funcional.
Durante
mucho tiempo se pensó que era imposible recuperar la función de las áreas
del cerebro que se ven afectadas por un ataque cerebral y que, una vez
muertas, las neuronas no se regeneran.
Pero hoy sabemos que el cerebro es plástico y posee capacidad para
remodelar las conexiones entre sus neuronas. Las neuronas son capaces de
curarse, lo que no significa que la memoria perdida pueda ser restituida.
Nuevas neuronas ocuparan el espacio de las neuronas perdidas y posibilitaran
nuevas rutas de memoria o de almacenamiento de experiencia cognitiva; pero
lo perdido queda perdido para siempre.
¿Un
niño de año y medio genera mayor actividad cerebral que un premio Nobel de
Física?
En los primeros dieciocho meses de
vida es cuando el ser humano aprende más y más deprisa. Imágenes
espectográficas han demostrado que el cerebro de un niño está más
densamente conectado que el de un adulto y, además, consume mucha más
energía. Un niño o una niña trazando garabatos sobre un papel funcionan
con un 50% más de energía que el premio Nobel en plena conferencia.
¿Cuándo
alcanza el cerebro la madurez?
El cerebro humano no queda
completamente interconectado hasta los veinte años de edad, y entonces la
actividad cerebral alcanza el nivel propio de un adulto. Aunque a los siete
años el cerebro de un niño sea casi idéntico en tamaño y peso al de un
adulto, en sus lóbulos frontales hay un 40% más de sinapsis neuronales. Se
conoce que el nivel máximo de conexiones suele producirse entre los cuatro
y los siete años de edad. Cerca de la octava semana de gestación comienza,
de hecho, el desarrollo del cerebro y durante las cinco semanas siguientes
se forman casi todas las células nerviosas. Un nuevo salto en el desarrollo
comienza unas diez semanas antes del parto y continúa durante los dos
primeros años de vida del bebé.
Y
a la vejez, viruelas?
No necesariamente. Debemos desterrar la imagen de ancianidad con
problemas cognitivos. Hace pocos años un investigador chino mostró en sus
experimentos con ratones un hallazgo interesante en relación con la edad:
los ratones jóvenes aprenden más rápido y en menos tiempo que los ratones
viejos (que aprenden menos rápido y en más tiempo). Tras ese hallazgo,
probó si ocurría lo mismo en humanos y los resultados se repitieron con la
singularidad de que la calidad de la información almacenada disminuyó de
forma significativa en los menores de treinta años y, en cambio, se mantuvo
de forma significativa en las personas mayores de cuarenta, por más que
estos últimos necesitaran más tiempo de asimilación.
Además
de la edad, ¿qué circunstancias influyen en el mantenimiento de una buena
actividad cerebral?
Estamos investigando la aportación del ejercicio físico. Sabemos que
un determinado tipo o nivel de ejercicio físico ayuda a potenciar y
conservar la agilidad mental. Pero no ocurre en todas las modalidades o
niveles, por lo que seguimos investigando. Se sabe, asimismo, que los seres
humanos rendimos mejor tanto física como mentalmente a una temperatura de
veinte grados centígrados y a una humedad del 40%. Pero el cerebro no sólo
se ve afectado por la temperatura ambiental, sino también por nuestra
temperatura interna. La temperatura de nuestro cuerpo es en general más
alta por la tarde y más baja por la mañana, y se ha visto que el cerebro
funcionará mejor a determinadas horas del día según el cuerpo esté más
caliente o más fresco.
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